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grupo es de un dramatismo inigualable, fruto de las gubias de Manuel Carmona
Martínez.
Sabe que va a expirar de un
momento a otro, lo siente en la presión del tórax, en la dificultad
creciente para soltar el aire que es infierno, en las nubes que se le
pones delante de los ojos; de las heridas ya ni se acuerda, todo es
materia que va por un lado mientras que la cabeza va por el suyo, de la
sangre derramada, mejor ni hablar, queda muy poca. La cabeza apenas se
sostiene y es vencida por la fuerza de gravedad del sufrimiento por la
del sacrificio Jesús se muere.
En este momento mira hacia el
grupo de personas que se lamentan bajo la cruz, María Salome, María la
de Cleofas, María Magdalena la que tanto amó, San Juan, el discípulo más
querido, el que reclinó la cabeza en su hombro, el que después se
transformará en vidente y en misterio; María la madre.
María. La palabra golpea las
sienes, golpea el alma. María, su madre. Ella lo acepta libremente y ya
sabia que su reino no era de este mundo.
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